"Elisa, mi amor", por Norberto Gómez

Imagen creada por Amets Suess Schwend, titulada: DDHH Intersex – En tu país III. Agradezco esta imagen a Amets Suess Schwend.

Elisa, mi amor fabrica fragmentariamente la historia que vivimos entre Elisa, mi compañera desde los 14 años de ambos, y yo. Elisa era una persona intersex.

Historia que desde 1970, año en que lo nómada de nuestro andar vio su encuentro, pasó por el exilio en París desde comienzos de 1974 hasta inicios de 1983, y que la vicisitud de un pasar por Buenos Aires, Elisa fue secuestrada y desaparecida por la dictadura cívico-militar genocida de Argentina (1976-1983). De allí lo fragmentario ante lo imposible de escribirlo todo. Incluso su nombre y más aún, mi amor por ella.

Elisa, mi amor fue el título original y sigue siéndolo. Lo escribí en un tiempo en que yo no sabía de mi, que soy una persona intersex, y hoy salvo algunas erratas corregidas este texto deviene público.

Estará en lengua española en un comienzo, con la posibilidad del sistema de traducción automática instalado en este sitio web, aunque y en un par de meses, mas o menos, lo publicaré en lengua francesa.

Un agradecimiento a Mauro Cabral Grinspan, que en su momento, empujó a que escribiera un texto que ha resultado este que Derechos Humanos Intersex hoy publica.

Derechos Humanos Intersex

Elisa, mi amor

Norberto Gómez

No olvido tus cicatrices,
ni el rizoma de tu tatuaje
ni tu sonar en cello.
Sólo olvidar tu muerte,
para morir 
recordando ese olvido.

N.G.

Con naipes de hilachas concluyó la partida,
en río enrarecido
rancio de recodos. Encapotado de hule
sin trino tu figura en fragua
labró su ritmo.
Sin arrecifes,
sin tierras
ni orillas ni rescate

N.G.

Vivíamos en el mismo barrio, sólo que Elisa del lado que mi abuelo llamaba “el de los pudientes”, y yo en la parte pobre, distanciades por sólo dos cuadras. Barrio de inmigrantes llamado Mataderos, en la periferia de Buenos Aires, Capital de Argentina.

Era un atardecer de verano. Estaba sentada, lo recuerdo, a ella también le quedó pintado en su memoria, a un costado de donde yo con otres pibes, jugábamos a corrernos, distanciades de las nenas que no sé qué hacían. La vi sola, o para mejor decir, “solo”. No jugaba, aunque miraba a las niñas. Me acerqué y “lo” invité a jugar con nosotres, y mirándome me dijo: “Soy una nena, me llamo Elisa”. ¿Pero si estaba vestida de varón? Antes que pudiera decirle algo, del grupo de padres, madres, tíes, abueles, mientras conversaban y miraban lo que estábamos haciendo -al fin de cuentas tenías 5 o 6 años. Quien supe tiempo después era su padre, se acercó y le dijo: “Ve a jugar con ese amiguito que vive cerca de casa, se llama Norberto”, y me dijo que “él”, se llamaba Ariel. Se levantó, y corriendo fue hasta donde jugaban esas nenas. Su padre fue a buscarla y entre sus llantos mezclados con gritos -una mujer los acompañaba- la sacaron a la fuerza de la plaza no sin antes acercarse a mí, queriendo que me saludara, cosa que no hizo: palabra alguna salió de ella.

No la volví a ver en la plaza. Sólo pasar con sus padres de vez en cuando por la puerta donde yo vivía con mi familia, con la misma adusta sugerencia de ellos: “Saluda al nene”. Cuando recordábamos esto, años después, nos reíamos por su imperturbable ausencia de saludo, junto a algunas lágrimas, también, que bordeaban lo que en ese tiempo la hacía sufrir estar vestida de “chico”, sin saber por qué, ni queriéndolo, pues ella era una nena.

No la volvía ver durante mucho tiempo. Sólo tenía el recuerdo de sus padres hablando con mi abuelo y mi madre, y lo que ellos me contaron: que estaba enferma, -“enfermo”, en masculino fue la versión que dijeron y que me llegó- que ya lo habían operado fuera del país algunas veces desde sus tres años, y que tenían que seguir “operándolo”. “Un problema en su panza”, adujeron. No sé por qué, pero mi tristeza fue muy grande.

Pasaron muchos años, muchos en ese tiempo de la vida que cada día hace más de un giro de 24 horas. Cierta vez, creí “verlo” caminando por la avenida del barrio que reunía negocios, cine, algunas pizzerías. Lo reconocí y comencé a acercarme. Pero ¿era él? Estaba vestida con polleras, pelo largo y suelto. Te recordaba de cabello pelirrojo, pero ahora eran bucles rojizos, que caían y se movían con tu andar y con el viento. Igual me acerqué con la firme convicción que eras tú…  Le pedí anticipadamente disculpas, mis 14 años no sabían qué decir. Le pregunté, también nos reíamos a carcajadas de mi pregunta, pasados los años: “¿Sos Ariel?”, a lo que contestó: “Soy Elisa, Norber ¿cuántas veces te lo tengo que decir? ¿O ya te olvidaste?”.

Si, me lo había dicho, sólo que quedó, al menos para mi pregunta, la versión de sus padres, no la suya. Caminamos mucho, hablamos de algunas cosas de su vida, de la mía, colegios, lugares, gustos musicales, amigos, amigas, donde había vivido durante esos años. Contó que sus padres habían muerto en un accidente de autos hacía varios años y que vivía con su “amada” tía. Elisa, y yo también, teníamos 14 años en el momento de este reencuentro. Sin esfuerzo, cuando le preguntaba algo la llamaba Elisa, y en femenino si era preciso usar un término binario. Recuerdo, o imaginé que, por esto, era que cuando la llamaba por su nombre, o usaba el femenino, me miraba y dibujaba una sonrisa en su rostro. Pasaron horas y la acompañé a su casa. Nuevamente vivíamos muy cerca. Decidimos vernos al sábado siguiente, en la placita donde nos habíamos conocido. Estas caminatas, o sentarnos y hablar de sus pinturas, sus pintores favoritos, mis primeras partituras de jazz tocadas en piano, libros que cada uno leía, sus autores, y esas noticias de los diarios donde la furia aplastaba al oprimido. Justamente, esto último rozaba muy cerca, cierto costado que nuestras vidas iban a tener.

En aquellos tiempos, inicios de 1970, un fuerte amor comenzó a entretejerse. Y, le pregunté: “¿querés ser mi novia?”. Quizás, muches de les que estén leyendo, rían de esta secuencia de formalismos, de aún no habernos dado ni un beso, menos aún habernos acariciado. Para mi ella era Elisa, una chica como bien me lo dijo en ese encuentro de la plaza: “Soy una nena, me llamo Elisa”. Quizás también sea risible, o poco “curioso” de mi parte la ausencia de preguntas acerca de su nombre y vestimenta. Pues bien, así fue: bastaba su decir, su hacer, su estar. Pero no bastó para ella. Antes de responder a mi pregunta, y a la que replicó si yo quería ser su novio, dijo que antes de seguir, quería contarme su “historia”. Y así lo hizo.

Viniendo del horror…

Su testimonio llegaba desde sus recuerdos, que los padres falseaban, de médicos, viajes, cirugías, cicatrices en su abdomen, y cortes con más cicatrices en sus zonas genitales. Le habían contado, que tenía una enfermedad intestinal que no se curaba con “remedios”. Que la tenían que operar para “vivir bien”, pues ellos, sus padres, tenían miedo de que si no les hacían caso a los médicos -fueron los médicos según luego se enteró, los que instalaron la muerte como tema-, podía morir. Desde los 4 a los 10 años le habían realizado 4 cirugías. Cuando tenía 8 años, fue la primera vez que le pidió a sus padres le dijeran por qué la operaban. La respuesta siguió el curso planeado: “problemas abdominales”, que “tenía cosas adentro que había que sacarle”, que era chica para que entendiera.

Estas explicaciones multiplicaban su furia ante cada viaje, cada “curación”. Esa sensación de “no siento la piel de mi panza”, la aterraba. Cierta vez, me dijo: “Lo que más me horrorizaba, era no saber qué estaban haciendo adentro mío”. Sus pesadillas, en esa etapa de cirugías, eran que querían transformarla “en algo raro, extraño, ajeno a mí y que no quería”. Pero no sólo, contaba Elisa, su horror era con las cirugías, sino ¿por qué no querían sus padres que fuera una chica si ella era una chica? ¿Por qué la vestían como a un varón, le cortaban el pelo como a un chico, por más que se resistiera, si ella no lo era? ¿Por qué le habían puesto ese nombre: Ariel? Los padres, entonces por consejo médico, hicieron intervenir a une “psicoanalista” que durante la primera “sesión”, intentaba explicarle a Elisa que los genitales que tenía entre las piernas -las cirugías habían sido hasta el momento “dentro de mi abdomen”- eran raros por la enfermedad que tenía en su “panza”. Y que una vez que la curaran, le iban a poner -Elisa recordaba las “fotos” que le mostró- lo que tienen “los niños al nacer: un pito”. Comenzó a gritar, rompió las fotos y entre llantos y gritos salió del consultorio. En la sala contigua la esperaban sus padres: cree que se desmayó, pues no recuerda más nada salvo que al despertar estaba en su habitación, con los padres a su lado. Me pidió que la abrazara, sus lágrimas se fusionaron con las mías. Pero mis lágrimas eran por el dolor de escuchar el horror al que había sido sometida, y las suyas por su cuerpo violado, “descuartizada” por las cirugías, mutilada como dijo en cierto momento.

Luego que sus padres murieron en un accidente automovilístico, su tía Amalia, que era hermana de su padre, y único familiar viviente, ante el pedido de Elisa -no era la primera vez que le preguntaba- sobre la verdad de por qué la operaban, la vestían como a un chico, que hasta querían ponerle un “pito”, su tía, continuó durante un tiempo con la versión ya establecida e insostenible para Elisa: ¿qué tenía que ver su enfermedad abdominal, con ser vestida como varón? Más allá que a escondidas, o cuando estaba sola en la casa -no tenía hermanes- se vestía con ropa que le sacaba a la madre, aunque “me quedaba grande como una carpa”. Y si bien se sentía feliz, recordaba su dolor cuando volvía “a mi disfraz de varón”.

El dolor sobrepasaba sus vestimentas. El sufrimiento de estar en la escuela, luego en el colegio, rechazada -rechazo que hoy se me ocurre es una zona donde les “normales” hacen habitar a los seres “aberrantes”- excluida por diferentes razones encarnadas en diferentes personas, exiliada del baño de niñas, de las palabras de amistad, de los abrazos.

Un giro

Luego de la muerte de los padres, ya a cargo de su tía, en tanto menor de edad, ésta decidió suspender las cirugías, e iniciar una serie de consultas médicas, que corroboraron el “diagnóstico” de “intersexualidad” de Elisa. Sin embargo, su tía no quería contarle la historia no dicha, escondida. Al poco tiempo, le conto esbozadamente su historia, retaceó mostrarle documentación médica, comenzó a llamarla Elisa, y a comprarle ropa de chica. Se mudaron de barrio y pasó a otra escuela donde sólo iban niñas.

Ante su insistencia, y entonces también la mía, cuatro o cinco meses después que nos conocimos, su tía -Elisa quiso que yo estuviera presente- le contó pormenorizadamente la historia de las cirugías, por qué sus padres la vestían de varón, por qué no les importaba que ella dijera “soy nena” o “soy una chica”. Le dijo que había nacido genéticamente varón, pero con genitales “ambiguos”. Que los médicos habían aconsejado a sus padres que sería mejor ponerle nombre de varón, según ellos consideraban, y seguir consultas y procedimientos hormonales y quirúrgicos -las cirugías fueron remarcadas como fundamentales- para transformar a le bebé así nacide, en lo que “verdaderamente” era: “varón”. Y que como tal debían educarlo: vestimenta, juegos, relaciones… y “jamás contarle esta historia, cueste lo que cueste”. Estas últimas comillas están referidas a lo que la tía contaba, que les decían los médicos a sus padres. Además, le hizo leer una cantidad inmensa de historiales médicos, la mayoría en inglés.

Un estudio genético se realizó en ese tiempo de revelaciones fuera del país por recomendación de los “especialistas” que consultaron. Cuando llegó el resultado que mostraban que era genéticamente varón, y su tía se lo dijo y le mostró el resultado escrito junto a otros resultados que acompañaban este estudio, Elisa gritó llorando: “¡Pero soy mujer, siempre fui mujer!”, gritó llorando Elisa, y quiso irse conmigo a caminar. En el trayecto habló de las cirugías, las cicatrices, las mentiras, “¿Por qué me escondieron mi historia? Me masacraron”. Y me preguntó, si después de escuchar la historia que contó su tía, seguíamos siendo novios. Si la seguía queriendo. Le dije que la amaba, que siempre íbamos a estar juntos y nada nos iba a separar. Lo sentía profundamente en mis entrañas que alojaban ese amor [hoy 30 de noviembre de 2019, mientras reviso este texto, no sabía que también mis genitales, mis entrañas habían sido mutiladas].

Me pidió, le prometiera que sólo ella contaría esta historia, su historia, llegada de los relatos que le acercó su tía, los viejos estudios biomédicos que habían sido a ella ocultados “desde siempre”, y los estudios actuales y por venir. Una promesa que implicaba que sólo ella revelaría su vida borrada por los padres, por los médicos, incluso por esa tía que finalmente accedió a darle visibilidad al horror. No necesité entender su pedido. Sólo lo respete. Aún, ni imaginábamos que nos íbamos a cruzar con el exilio, unos años después. 

Pocos años después, Elisa y yo teníamos casi 18 años, vivíamos desde hacía poco tiempo en un departamento de San Telmo junto a mis dos amigues que nos conocíamos desde los 5 años. Elles eran pareja, y ocupaban parte del departamento que alquilamos, Elisa y yo en la parte contigua, y un espacio común. Ella pasaba horas pintando con oleos y acuarelas; yo traducía textos y estaba dando exámenes para acceder a una beca de estudios de filosofía en París, que, de ganarla, Elisa y yo íbamos a viajar juntos y allí vivir. Su sueño era estudiar Artes.

En Argentina corrían tiempos de la Triple A, una agrupación paramilitar de ultraderecha dependiente del Estado argentino. El asesinato de dos compañeres de activismo coincidió con haber ganado una de las dos becas. La embajada francesa en Buenos Aires agiliza mi viaje en cuanto a tiempos, no sin Elisa. No iba a viajar sin que fuéramos juntes. Finalmente, la Embajada accedió, y en los primeros días de enero del ‘74, llegamos a París.

Fueron años juntes, plenos de felicidad, de amor, de deseo. Elisa había conseguido estudiar artes plásticas, que, con el tiempo y ciertas vicisitudes en su vida, en nuestras vidas, se fue lentamente acercando y dedicando a la performance, las instalaciones, las acciones callejeras, cada vez más ligadas, junte a otres, a su activismo a favor de los derechos humanos de personas nacidas intersex, y hombres y mujeres trans y travestis. No le resultó simple formar parte de iniciales, incipientes y pequeños colectivos. Íbamos juntes a reuniones de muy pocas personas, pequeñas marchas, acciones callejeras, instalaciones, performance, desde la perspectiva de los derechos humanos. Mis tareas, mis estudios eran por propia decisión a veces relegados, hasta donde podía, para participar de este activismo. Esta felicidad, estaba acompañada por actualizaciones de inmenso dolor en Elisa y en mí. Pero como decía más arriba: ella había sido mutilada, desangrada, invadidas en sus mismísimas entrañas y genitales con los que había nacido. Yo padecía, actualizaba el dolor de sus relatos, sus recuerdos, los de su tía, su historia. No era lo mismo: le había pasado a ella.

Genocidio en Argentina

Era mediodía cuando nos llamaron. Un golpe cívico militar tomaba el poder en Argentina el 24 de marzo de 1976, derrocando al gobierno constitucional vigente. Lloramos. No queríamos eso ni aún contra ese gobierno y su grupo paramilitar asesino. Mucho menos lo que suponíamos, y que tan corto quedó a nuestra imaginación de lo que finalmente sucedió. Era ya pasado el mediodía en París, nos movilizamos con otres, hacia ningún lado.

Faltaban pocos días para la primera cirugía de Elisa, ese tránsito quirúrgico tan esperado por ella, por más que siempre, como decía, había sido mujer. Un “siempre” desde que sus recuerdos le permitían acceder. Desde que los relatos de su tía mostraron su historia oral y en papeles de informes médicos, desde -esto era algo que contábamos seguido, entre risas a compañeres- que “lo” invité en la plaza a que jugara con “nosotros los chicos”, y me tuvo que decir: “Soy una nena, me llamo Elisa”.

Estaba feliz por haber llegado de esa cirugía. Había costado mucho acceder al dinero, y especialmente al lugar. Y, sin embargo, nos embargaba la impotencia, con cada llamado, con cada suposición, con cada rastro de noticia de lo que, desde el inicio al fin, fue en Argentina un genocidio.

Los meses pasaron. Su “cuerpo de mujer”, como lo llamaba, se corporizó, no como ella hubiera querido, pues además de procedimientos médicos “posquirúrgicamente necesarios” que la aterraban y me estremecía, Elisa consideró que esa cirugía era en sus efectos buscados un fracaso. No quiso volver a pasar por una segunda cirugía como le sugerían. Mi amor, mi deseo por Elisa estaba mucho más allá del cuerpo que tuviera.

En París, cuando se produjo el golpe cívico militar, tratamos y pudimos hacer que algunes, sólo algunes compañeres pudieran salir del paroxismo de crímenes de lesa humanidad y llegar a Francia. Les dimos abrazos que significaban que llegaron vives del plan sistemático de desaparición, tortura y asesinato, con desaparición de bebés nacides en cautiverio, que se realizaba en la Argentina, Chile y otros países del sur de América Latina, e integrar en las agendas esta catástrofe genocida que también caía sobre hombres y mujeres intersex, trans, travestis en estos países. Cierta vez me dijo: “Me estoy pasando de rosca: no sabemos qué hacer, ni podemos hacer mucho con la opresión a la que nos someten, y yo pido más”. Se acordaba de una frase que en cierta reunión le habían dicho y reiterado en otras: “Qui es-tu pour proposer ça?” / “¿Quién sos vos para proponer esto?”. Estas frases, palabra más palabra menos, pero sosteniendo su sentido, eran recordadas por ella frecuentemente.


Algunos años después, supo por un llamado telefónico de la muerte de su tía. Esa que, muertos los padres la protegió sin pretender que fuera hombre, o mujer o…, y que le había dicho: “Vos decidí lo que sientas cuando puedas decidirlo”. Murió a fines de 1982, y Elisa decidió viajar a su entierro en Argentina. De poco sirvió mi casi enfurecida propuesta de acompañarla. Y partió, mi amada testaruda, bajo la razón que, si yo había viajado en el verano del ’77 por la muerte de mi abuelo, y me negué a exponerla viajar junto a mí, quería ahora ella cuidarme. El amor es así…

Fue la última vez que nos vimos. Casi recién llegada, luego de la cremación de su tía, la “chuparon”, la hicieron desaparecer. Como cada viernes, tocábamos jazz un pequeño grupo mezcla de français.e.s  y latinoamericanes en el lugar donde vivíamos. Un llamado telefónico me hizo saber que la habían secuestrado, desaparecida estaba. Faltaba tu cello que jamás volví a oír.

A los tres días, ya estaba viajando a Buenos Aires. En este momento lo que estoy escribiendo se mezcla con una espantosa soledad, una actualización del dolor, del amor, la tristeza y mucha impotencia. Me contacté con organismos de Derechos Humanos, fui desaparecide durante varios meses en esma, un campo clandestino de desaparición, tortura y asesinato. La embajada francesa pudo sacarme de ese campo de concentración, y luego de un mes en terapía intensiva volví, o la embajada me hizo volver, a Francia. De inmediato decidí regresar nuevamente a Argentina, con el firme propósito de saber, al menos, el destino final de Elisa. No soportaba ni pensar en dar clases en una universidad parisina y ella, mi amor, y miles de otres, bajo el borramiento que tendieron los dioses oscuros del genocidio. A comienzos de 1984 volví, estaba nuevamente en Buenos Aires.

Como activista de Derechos Humanos y aún sin saber que yo era una persona intersex, con un grupe de compañeres buscamos el destino final de muches desaparecides, incluso de bebé nacides en condiciones de desaparición.

Tu busca

Uno de los más espantosos crímenes de lesa humanidad, creo, es el borramiento de las huellas de quienes han sido desaparecides y asesinades. No voy a relatar ese intrincado y espasmódico dolor de años, con pistas falsas, engaños, ocultamientos, no sólo en la busca de Elisa, sino de miles y miles de asesinades por la dictadura. De nietes con identidades falsas -hijes de padres desaparecides- y apropiades por familias facilitadoras de la misma red de crímenes de lesa humanidad.

Un mes después de haber llegado, principios del 1984, recibo donde vivía un llamado telefónico. Una gruesa voz dice que me quieren hablar: era la voz de Elisa. ¿O es que acaso alucinaba? ¿O imaginaba que era su voz? Me dice con tono tenue que “deja de buscar desaparecidos, eso ya pasó”. Y de pronto grita, era su grito, lo reconocía: “¡Me están abriendo la panza, me operan para ver que soy! La plaza la plaza, soy nena…”, y un forcejeo se escucha y le sacan el teléfono, “Me llamo Elisa”, fue lo último que escuché de su voz, ya alejada del tubo. La voz gruesa volvió a hablar, pero lo que dijo no tiene importancia. Era su voz, gritando que la estaban operando, abriendo la “panza” como solía llamar a su abdomen con cicatrices. Los genocidas estaban investigando su intersexualidad, su ser mujer intersexual. Nuevamente, con la tortura, la mutilación y no quiero imaginar que cosas más. Lloré desenfrenado. Era su voz, su grito reconocible por mí y una frase que sólo ella y yo podíamos compartir: “la plaza, la plaza, soy nena… me llamo Elisa”, eran las mismas palabras que dijo el día que “lo” invité a jugar con los chicos. Fue como una clave que me enviaba que era ella, mi amor. Sé que anduve caminando, o corriendo por la ciudad, a puro llanto, furia y desesperación. Desperté en la guardia de un hospital. Mi amada Elisa, era un objeto de cruel investigación. Y me lo hizo saber desde su sufrimiento, con su voz, sus gritos, y ese decir de la plaza donde nos conocimos.

Pasaron muchos años, fines de 1997, supe luego de investigar junto a otres, así como con otres supimos del destino final de cientos de desaparecides, donde habían asesinado a Elisa: fue en Famaillá, en un campo de concentración y tortura dentro de un ex ingenio azucarero ya fuera de funcionamiento, a unos 60 km de San Miguel de Tucumán. Allí, en un trozo grande de corteza de una especie de palmera, que estaba caído en el piso, puse su nombre, la poesía de un cuarteto diciendo de mi amor por ella, y que su desaparición y asesinato por parte de la dictadura, nos había separado.   

En cuanto a la promesa que me pidió Elisa mantuviera, lo hice hasta que decidí, en principio, contárselo a un querido amigo. El dolor del pasado no se borra, se actualiza y está con nosotres. Y estamos “(…) intentando arrancarle algún presente, y quizás algún futuro, a la pesadilla que nos rodea”. Por esto, y por el amor hacia ella, este texto: para que nada ni nadie vuelva a borrar su visibilidad y su existencia.

Imagen de Christian Hoffner, a quien agradecemos disponer de esta imagen.

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4 Comments

  1. flrencia prini

    Gracias Norberto por este gran relato. El amor se dice una y mil veces, como sea, cuando sea, las veces que sea preciso. Y es lindo que vos los vuelvas a entonar.

    • Derechos Humanos Intersex

      Hola Florencia. ¡Gracias!

      Es como vos decís: no habrá una última entonación para las tonadas de amor.
      Si querés algún día nos encontramos en un bar, o donde quieras, pues tengo ganas de de encontrarnos, y charlar de lo que tengamos ganas. Sería un gusto muy grande compartir tiempo en común con vos.
      Beso

    • Derechos Humanos Intersex

      Lo triste y lo bello. Aún hoy, querido amigo, llevo esa tristeza en mí. Y tantísimas veces, no soporto ser su sobreviviente.
      Gran abrazo

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